Hace unos días tuve ocasión de visitar la exposición temporal que acoge el Museo Thyssen en torno a la obra de Edward Hopper. Confieso que lo que me movió a hacerlo fue la trascendencia que se le ha dado a la misma, la recomendación y las ganas de la entendida en arte que tengo a mi lado, y el hecho de disponer de un par de horas libres antes de tomar el tren de regreso hasta Almería.

Técnicamente sería costumbrismo, pero para mí es solo la capacidad de reflejar en su obra la vida cotidiana, los matices de una sociedad, de manera que con el paso de los años y los sucesivos lienzos, podemos hacer una cronología de como ha ido cambiando ésta. Y eso es lo que me hizo salir alucinando de la exposición.

No descubro nada si apunto que entre 1921 y 1967 la sociedad estadounidense sufrió una profunda transformación, del crack bursatil y económico al New Deal para acabar en el ansia imperialista. Pero más allá de eso, en la obra de Hopper se puede ver ese cambio en la transición desde el campo a la ciudad y en esa vida urbana donde van apareciendo cables de luz y telégrafo, lámparas en las estancias … lo que la industrialización y la electrificación trajo consigo. Es la sustitución de los campos de trigo y los arboles por el asfalto, el hormigón y el acero, la aparición de chimeneas de centrales térmicas, son granjeros que se convierten en oficinistas, es una sociedad en continua mutación.

Y una sociedad que además se mueve, se desplaza, como siempre señalamos en Doble Fila, los desplazamientos son inherentes a las sociedades, de ahí que también encontremos matices sobre movilidad en la obra de Edward Hopper.

Y es que si en la década de los años 20 hay varias referencias al tren, con obras como ‘Puesta de sol ferroviaria’ (1924), ‘Casa junto a la vía del tren’ (1925) o ‘Vagones de mercancías’ (1928) que no dejan de seguir presentes a lo largo de las sucesivas décadas ‘Coche de asientos’ ,  ‘Trenes de St Francis, Santa Fe’ u ‘Hotel junto a ferrocarril’ (1952).

Y frente a lo colectivo, poco a poco la individualidad, quizás como reflejo del mismo cambio social, quizás como una forma de reflejar un sentimiento muy patente en la obra de Hopper, donde no puede decirse que los personajes que aparecen dialoguen entre sí, sino que más bien comparten escenario en silencio, como bien refleja ‘Gente al sol’ (1960).

Pero es inevitable dar paso a un nuevo protagonista, el coche, que sin apenas aparecer tal cual en ninguna de las obras de Hopper si se adivina su presencia. Primero con las gasolineras, con un curioso protagonismo, y más tarde con carreteras y semáforos. Son obras como ‘Gasolina’ (1940), ‘Retrato de Orleans’ (1950), ‘Carretera de cuatro carriles’ (1956).

Más allá de una oportunidad de ver buena parte de la obra de Edward Hopper lo que me ha seducido de esta colección es precisamente esa capacidad para, a través de la pintura, poder ver en imágenes la evolución de una sociedad y cómo, quiero pensar que sin intención alguna, los medios de transporte tengan un especial protagonismo, posiblemente el mismo que tienen y tendrán en ésta y en cualquier sociedad, pero quizás sea que casi nunca nos paramos a pensar lo importante que llega a ser, ni por supuesto se lo damos en nuestro día a día. Precisamente por lo que surgió Doble Fila.

@juanjoamate