La mayor parte de los conflictos que he tenido circulando en bicicleta por la ciudad me los han creado conductores de vehículos motorizados que decían o aparentaban tener mucha prisa. Lo puedo entender, hasta cierto punto, en los conductores de autobuses y de taxis, que se ven sometidos a veces a una cierta presión, aunque incluso en esos casos no se justifican ciertos comportamientos temerarios que ponen en serio riesgo las vidas de otras personas.

Lo que se justifica aún menos es la de los automovilistas particulares. Digo yo que si llevan prisa es que han salido tarde ¿verdad? Es una inconsciencia salir tarde y por ello tener que ir jugándose la vida propia y las ajenas. Si la tardanza la ocasionan las circunstancias del tráfico, no necesito decir que ya sabes a lo que te expones cuando vas en vehículo motorizado por la ciudad: atascos, semáforos, controles… Tienes que salir con mucho tiempo de anticipación y aún así te puedes encontrar algo que te frene. ¿Si no tiene remedio por qué estresarse?

Sin embargo me atrevo a decir que muchas de las prisas que nos autoimponemos al circular por la ciudad son ficticias. No tenemos prisa pero actuamos como si las tuviéramos. Puedes ir con tiempo más que suficiente, pero te ves obligado a ir rápido, porque el coche es más potente que el delantero, o todo el mundo va así de rápido y tu no vas a ser menos, no vas a molestar, en un servilismo demente hacia la locura de la velocidad y las prisas.

Quiero ejemplificar con un caso real que me ocurrió hace algún tiempo yendo en bicicleta por la ciudad de Guadalajara.

Tengo que aclarar antes de nada que de un tiempo a esta parte evito todo tipo de conflictos en el tráfico. No hago caso, saludo o sonrío ante las provocaciones de los motorizados, ayudando de este modo a que mis desplazamientos sean más placenteros, no permitiendo que los «malos humos» de terceros envenenen mi devenir ciclista por la ciudad. Algunos tienen un problema y pretendo que no se convierta en un problema mío también. No lo consigo aún al cien por cien, pero casi. Como todo, es cuestión de práctica.

El suceso fue el siguiente:

Iba cuesta abajo, a unos 30 kilómetros por hora. Un coche iba detrás mía y no podía pasar porque había un solo carril por sentido y yo iba por el centro del carril. Si me hubiera echado a la derecha el automóvil hubiera podido pasar pero sin respetar la distancia lateral de seguridad y poniéndome en peligro.

El automovilista me pita. Yo ni caso. Me vuelve a pitar, esta vez más seguido. Yo a lo mío. Se me acerca más, intentando no sé el qué, que desaparezca de pronto, imagino. ¿Qué puedo hacer yendo a esa velocidad sino seguir lo más recto posible?

Cuando por fin la calle se ensancha, me echo hacia un lado, dejándole pasar. Pega un acelerón, poniéndose a mi lado un momento. Le miro y el hombre dice algo a través del cristal, pero no se le entiende. Está desquiciado, haciendo todo tipo de aspavientos y con la cara desencajada. Me da una tremenda lástima ver a alguien así, llegar a ese estado de ira y de estrés sin necesidad.

En el siguiente semáforo en rojo me paro a su lado y le digo con tranquilidad: “Ante todo le pido disculpas por no haberle podido dejar pasar, pero…” aquí me interrumpe y me GRITA “…es que me tenías que dejar pasar, es que te crees que la calle es tuya…” y unas cuantas cosas más. Le explico pacientemente lo de la distancia lateral de seguridad y la imposibilidad de respetarla para él si yo me echo hacia un lado. Pero no me está escuchando, no le interesan mis razonamientos, no quiere dialogar. No pretendo ya convencerle de mis derechos y sólo le digo: “De todos modos, como puede ver, no sirve de nada correr, al final nos encontramos en el semáforo. Además, ¿de verdad tenía usted tanta prisa?” Ante esto se quedó unos segundos perplejo, sin decir nada y luego solamente balbuceó, no fue capaz de decir algo comprensible. El semáforo se puso verde. Le di los buenos días y me fui.

Ese señor, sencillamente, no tenía prisa alguna. Se había autoimpuesto que en coche hay que ir rápido y que la ciudad es suya, porque es lo que le han vendido junto con el coche.

Cuando se baje del coche irá también rápido, aunque seguramente no tendrá una hora determinada a la que llegar. La mayor parte de nuestros actos están guiados por la angustia de una prisa que no existe y, concretamente cuando se va en coche, poniendo en serio riesgo a otras personas dada la peligrosa arma que se lleva en las manos.

Definitivamente es cierta aquella frase de «La prisa mata».

Articulo cedido por Juan Merallo, el de la bici