Acabamos de volver de Ámsterdam. Ya en el aeropuerto deslizamos en nuestra maleta  -23 kilos como máximo- el embeleso que implica toda gran ciudad de este mundo. Quizá de todos los mundos. Tengo la sensación de haber estado recorriendo el costillar extendido de un animal anfibio. Algo así. Canales, puentes, huesos, plazas, cartílagos, calles. Todo hilado del mismo modo que se teje una bufanda, o unos guantes, o un gorro, o un cielo nublado. Este artículo –estúpido habría sido de otro modo- no pretende descubrir la pólvora. Ámsterdam es una ciudad que todos llevamos en nuestra memoria o en nuestra imaginación. Yo sólo he empezado a escribir estas líneas para hablar de bicicletas. Sólo eso. De la fascinación que han dibujado ante mí y de la tristeza que, una vez de vuelta, he acabado por destilar.
Cortesía de Tamara Chaud (Febrero´14)

Cortesía de Tamara Chaud (Marzo´14)

Allí las bicicletas son irremediables. Como sus cadenas y sus candados. No hay momento del día en que no tracen el camino que te lleva a un mercado de secretos familiares, a un puente con apariencia de buena mentira o a un restaurante de más de un millón de cucharas y tenedores. Es el peligroso y poético embeleso que conlleva montar en bicicleta. Es lo que tiene cruzar a pedaladas todas las letras de una ciudad: que los días parecen tener el gramaje de una buena historia contada una y otra vez. Quince mil kilómetros de carril bici. Más de cuatrocientas mil bicicletas. Muchas de ellas  compradas, olvidadas, robadas, alquiladas, sumergidas, desmontadas, abandonadas, resucitadas y heridas en eterno acto de servicio. A nosotros nos bastaron dos para llegar donde teníamos previsto.
Cortesía de Tamara Chaud (Febrero´14)

Cortesía de Tamara Chaud (Marzo´14)

Según he leído, Almería no supera los ochenta kilómetros de carril bici. Y muchos me parecen, la verdad. Conforman una red deslavazada y, en consecuencia, inútil para un uso integrado en la vida cotidiana. Menos de ochenta kilómetros a pesar de las más que favorables condiciones meteorológicas de esta esquina de Europa. Menos de ochenta kilómetros a pesar de nuestra aceptable orografía. Menos de ochenta kilómetros a pesar de que las dimensiones de nuestra ciudad permiten cruzarla en un rato de pedaleo. Menos de ochenta kilómetros a pesar de disponer, por desgracia, de un transporte urbano bastante limitadito. Mi intención no es comparar una ciudad con otra. Más bien es subrayar algo conocido por casi todos: en Almería optar por la bicicleta como medio habitual y natural de desplazamiento es jugarse el pellejo. Y eso es, además de triste, una negligencia de quienes han gestionado esta ciudad. Hace unos meses la Junta de Andalucía publicaba en doscientas catorce páginas el Plan Andaluz de la Bicicleta (2014-2020). Dicen que nos caerán noventa y un kilómetros más de carril bici. Bienvenidos sean. Llegan tarde. Pero bienvenidos sean.

Una reflexión de Juan Manuel Gil