Lo que ocurre en las ciudades no siempre es evidente. El día a día está formado por escenas cotidianas que se repiten en un bucle semejante al del día de la marmota. Pensamos que la rutina personal de los habitantes de una urbe marca el ritmo de la misma. Esa afirmación es en parte cierta pero no hay que olvidar que esas personas van a interaccionar con las calles, edificios y parques en función de cómo estén dispuestos: el urbanismo determina la rutina de los ciudadanos. La ciudad tienen una sintaxis; un código no escrito que explica por qué los turistas recorren las calles a diferentes horas que los ciudadanos; las motivaciones de los peatones que se saltan el semáforo en rojo cuando el tráfico es menos ajetreado o las razones por las que las intersecciones actúan como plazas públicas. Apuntes cotidianos que cualquiera puede hacer sentado en un banco; la gente que descansa en los asientos públicos, observa la ciudad con más atención que los caminantes. Usando las calles del SoHo neoyorkino como laboratorio experimental, dos investigadores del MIT (el afamado Instituto Tecnológico de Massachusetts), Anne Mikoleit y Moritz Pürckhauer, han publicado sus conclusiones en Urban Code. Un compendio de lecciones, extrapolables a muchas capitales del mundo, que demuestra que lo más importante para mejorar el urbanismo de las ciudades es observarlas.

La rutina es el pilar de la vida urbana. Así, las mañanas en los centros son un caos. Durante esas primeras horas del día se concentra la carga y descarga para locales y tiendas. Ocurre en el SoHo, en Madrid o en Londres. Esta costumbre genera previsibles atascos y stress circulatorio en el centro. Suele ser a la misma hora y cualquier habitante lo percibe. Lleva ocurriendo años. A pesar de ello se hacen pocos esfuerzos por cambiarlo; parece que se ha instalado la idea de que el espacio público se utiliza no se piensa.

“Sin espacio público, un sistema social no puede sobrevivir”. Esta frase del arquitecto y divulgador austriaco Christopher Alexander se puede aplicar a las calles actuales. Esas avenidas fueron concebidas como parte de la ciudad, como lugar de encuentro en la misma. Fue así hasta que en los sesenta los coches obligaron al traslado y al acotamiento de esas zonas. La calle pasó a ser un lugar de aparcamiento, de uso pero no de disfrute.

La aglomeración de gente, los paseos bajo el sol o la relación entre las zonas verdes y los lugares en los que nos citamos son algunas del centenar de observaciones, aparentemente casuales, que han realizado los autores del Urban Code. Aunque en el volumen no se habla directamente de la bicicleta, cada una de las lecciones ayuda a comprender la ciudad. No como un mero espacio sino como lugar donde nos relacionamos.

Desde el sillín las urbes se sienten más cercanas. El urbanismo imperante obliga al ciclista a pensar; a escuchar el pulso y el ritmo de la ciudad ya que tiene que escurrirse por ella. Sentir ese latido debería ser la primera tarea de un alcalde y su equipo de urbanismo. En el libro no se descubre nada nuevo: los turistas hacen compras y cargan bolsas con marcas de acá para allá. No es tan evidente que cuando una tienda de una marca regala una bolsa con su logo impreso está haciendo product placement urbano. La realidad de la ciudad en la que vives marca la manera en la que te mueves, el modo en el que te relacionas y afecta directamente a la calidad de vida. Estas observaciones no son extrapolables a todos los lugares del mundo. Cada uno puede hacerlo en su ciudad. No solo para saber donde vive sino porque el ambiente urbano se disfruta más si se entienden los diferentes elementos que lo componen.

Entrada de @Pablo_Lion publicada en I Love Bicis